El tamaño sí importa


Amalia se sentó frente a Yolanda en el banco del parque, el sol de la tarde filtrándose entre las hojas de los árboles. Yolanda tenía los ojos hinchados y no paraba de jugar con el dobladillo de su blusa.

​—No sé qué hacer, Amalia. Siento que mi problema es gigante, que me ahoga —dijo Yolanda, con la voz quebrada.

​Amalia le puso una mano en el hombro y sonrió con suavidad.

​—¿Recuerdas la historia que me contó mi abuelo? La de la sal.

​Yolanda negó con la cabeza.

​—Imagínate que él me dio un puñado de sal y me pidió que lo pusiera en un vaso de agua —comenzó Amalia—. Lo hice y, al probarlo, el agua era tan salada que era imposible de beber. Era amarga, horrible.

​Hizo una pausa, dándole tiempo a Yolanda para que absorbiera la imagen.

​—Luego, mi abuelo me dijo que tomara otro puñado de sal, exactamente la misma cantidad, y que lo arrojara al lago que hay aquí cerca. Fui y lo hice. Y luego, me pidió que bebiera del lago.

​Yolanda levantó la vista, intrigada.

​—El agua del lago estaba perfecta. Fresca. Y era la misma cantidad de sal la que había echado.

​Amalia la miró fijamente.

​—¿Sabes cuál era la lección, Yolanda? Mi abuelo me dijo que el dolor en la vida es como la sal. La cantidad es la que es, ni más ni menos. Pero la amargura que sientes no depende de la sal, sino del recipiente donde la pones. Si pones el dolor en un vaso, se vuelve insoportable. Pero si lo pones en un lago, se diluye y apenas se nota.

​Yolanda miró el suelo, procesando las palabras.

​—Tu problema, por muy grande que parezca, no es lo que te ahoga —continuó Amalia—. Es la forma en que lo estás conteniendo. Estás intentando meter un océano en un vaso de agua. La solución no es que tu dolor desaparezca, sino que tú te conviertas en un lago. Amplía tu perspectiva, busca otras cosas, haz espacio para que ese dolor no lo ocupe todo.

​Se quedaron en silencio por un momento, solo escuchando el canto de los pájaros. Yolanda sintió que una presión enorme se aliviaba en su pecho. Aún tenía el mismo problema, pero Amalia le había dado algo más que un consejo: una nueva forma de mirarlo.

​—Gracias, Amalia —dijo Yolanda, esta vez con una lágrima de alivio.

​—De nada —respondió Amalia, sonriendo de nuevo—. Ahora, ¿qué tal si vamos a tomar un helado y hablamos de algo más?

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