El espacio entre las ideas



El atardecer teñía de naranja los ventanales del café. Matías jugaba distraído con la taza entre sus manos, mientras sus ojos se perdían en la calle.

—Siempre estoy enredado con mis ideas, con mis creencias… —murmuró, casi para sí mismo—. Me pregunto si eso es todo lo que hay.

Ana lo miró en silencio unos segundos, con una media sonrisa. Luego apoyó suavemente el codo en la mesa.

—¿Y si hubiera algo más allá de lo que piensas?

Matías levantó la vista, intrigado.

—¿Más allá? Pero sin mis ideas… ¿qué queda?

Ana señaló hacia la ventana. Afuera, una hoja seca giraba arrastrada por el viento.

—Queda lo que no depende de tus creencias: tu respiración, el calor del sol en tu piel, ese sonido que escuchas ahora mismo.

Matías respiró hondo. Se dio cuenta de que oía el murmullo del café, el roce de las tazas, incluso el tic-tac lejano de un reloj.

—Eso… —dijo sorprendido— no lo pienso, simplemente está ahí.

Ana asintió despacio.

—Exacto. Las ideas van y vienen, pero la vida sucede aunque no las sostengas. Más allá de creencias, queda la presencia misma de estar aquí.

El silencio se hizo entre los dos. Matías apoyó la espalda en la silla, como si al fin descansara de algo invisible.

—Entonces… —dijo con un hilo de voz— lo más real no es lo que creo, sino lo que ya está sucediendo.

Ana sonrió de nuevo, sin añadir nada. Afuera, la hoja terminó de caer suavemente sobre el suelo.


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