Pasado imperfecto y presente subjetivo.




Versión ácida ==>>

La terraza estaba casi vacía. Juan, con su chaqueta perfectamente doblada sobre la silla, hojeaba el periódico mientras Lucía, con el cabello suelto y un cuaderno lleno de garabatos, removía su té con aire distraído.

—Qué raro —dijo Juan sin levantar la vista—. Siempre llegas tarde.

Lucía sonrió, pero su sonrisa fue tensa.
—¿Otra vez con lo mismo? Ya sabes que me pierdo en mis cosas.

Juan dejó el periódico.
—No es “otra vez con lo mismo”. Es que no cambias. Como aquella vez que llegaste tarde a mi graduación y ni siquiera escuchaste mi discurso.

El gesto de Lucía cambió. Soltó la cucharilla con un golpe seco.
—Han pasado diez años de eso, Juan.

—Sí, pero todavía lo recuerdo. —Su voz sonaba más dura de lo normal—. Ese día era importante para mí, y no estuviste. Igual que hoy: parece que nada de lo que hago merece tu puntualidad.

Lucía bajó la mirada, hizo un silencio largo, y luego contestó:
—Lo que nunca entiendes es que yo no vivo mirando el reloj. Pero claro, para ti siempre seré “la irresponsable”, ¿verdad?

Se quedaron en silencio. Juan con el ceño fruncido, Lucía con una media sonrisa amarga, los dos más anclados en viejas heridas que en el presente.

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Versión dulce ==>>

La terraza estaba tranquila. Juan acomodó su chaqueta en la silla mientras Lucía, con su cuaderno de dibujos, llegaba unos minutos tarde.

—Siempre llegas tarde… —murmuró Juan, intentando sonar ligero, pero con cierta rigidez en la voz.

Lucía lo miró y sonrió con un poco de culpa.
—Lo sé, me pierdo en mis cosas. Perdona.

Juan suspiró.
—Es que cuando pasa, no puedo evitar acordarme de mi graduación… aquel día llegaste al final, y me dolió mucho.

Lucía se quedó en silencio unos segundos. No frunció el ceño esta vez; lo miró directamente a los ojos.
—Entiendo. No sabía que todavía te dolía tanto. Tenía la cabeza en otro mundo y no fui consciente de lo importante que era para ti.

Juan asintió despacio.
—Supongo que me quedé con la espina. Y cuando llegas tarde ahora, siento como si se repitiera.

Lucía apoyó su mano sobre la de él.
—Gracias por decírmelo sin reprocharme. No quiero que sigas cargando con eso. Hoy estoy aquí y quiero escucharte.

El gesto de Juan se suavizó.
—Vale… eso me basta.

Se sonrieron. Esta vez, el recuerdo quedó sobre la mesa, pero no como un peso, sino como algo que los acercaba un poco más.

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