Bajo la misma estrella
La lluvia machacaba la plaza. Cinco personas con cinco vidas esperaban la hora
Don Ignacio esperaba en la puerta del bar, se ajustó la bandera de España en su solapa. Su discurso en la tele había sido duro: "La familia es un pilar católico, no un laboratorio". Su teléfono vibró. Un mensaje: “¿Vienes esta noche?”. Lo borró al instante. El remitente era el Padre Anselmo. Éste había enviado ese mensaje. Sentía la culpa corroerle. Era un sacerdote creyente, pero también un hombre enamorado de otro hombre. Y no de cualquiera, sino de Don Ignacio, su feligrés más célebre y el más homófobo en público. Cada misa era una tortura. Cada absolución que daba, le sonaba a mentira. Amaba a Dios, pero también amaba a Ignacio. Su fe y su corazón estaban en guerra. El sacerdote que besaba el crucifijo con los labios que horas antes besaban a otro hombre. Rezó un ave maría. Sintió náuseas.
Don Ricardo, el empresario, esperaba en su BMW, despreciaba a los homosexuales que se habían infiltrado en todas las esferas del poder, decía en privado. Él no era débil. Su fábrica sudaba empleados a las seis de la mañana. “La jornada dignifica”, decía. De niño, vendía paraguas bajo esta misma lluvia para que su padre no lo apaleara. Ahora, él era el que pegaba. Con despidos. Con miradas. Con desprecio. Su crueldad era transparente. Explotaba a sus trabajadores sin piedad. Les pagaba poco y los hacía trabajar mucho. De niño, él había sufrido eso mismo. El recuerdo de aquel dolor no le había hecho compasivo, sino vengativo.
Karim, el joven marroquí, se refugiaba de la lluvia para no mojarse. Llevaba una sudadera con el logo de Vox. “Hay que cerrar fronteras”, había votado. “España para los españoles”. Él tenía DNI español. Se sentía más español que nadie. Más que los guiris que invadían su barrio. Escupió al suelo con desdén, mirando a Don Ignacio con admiración. “Ese sí que es un patriota”. Ocultaba que en casa hablaba árabe con su madre y Sonia, no sabía que él se llamaba Karim. Para todos era “Carlos”.
Sonia, la novia de Karim, llegó corriendo. Se refugió junto a él. “¡Qué tiempo, Carlos!”. Le dio un beso. Él se apartó un poco. No fuera que oliera a la comida de su madre. A especias que él decía detestar. “Sí, un asco”, dijo Karim, mirando con desprecio a un grupo de turistas árabes que pasaban. Su corazón latió en dos idiomas que se odiaban.
El Padre Anselmo abrió la puerta de la iglesia. La espera habia terminado. Don Ignacio entró primero, haciendo la señal de la cruz. Grande y teatral. Don Ricardo salió del coche, maldiciendo la lluvia que le estropeaba los zapatos caros. Karim entró de la mano de Sonia,que se santiguó. El sacerdote los siguió,cerrando la pesada puerta.
Afuera, un chico joven, empapado, repartía paquetes de comida a domicilio. Para los mismos que acababan de entrar. Pasó furioso en su bici, esquivando el charco que Don Ricardo había pisado. Era el hijo de Don Ricardo. Trabajando de sol a sol.
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