Los bastidores del pensamiento
La noche caía pesadamente sobre la ciudad, y la mente de Ana se sentía tan oscura como el cielo. En las profundidades de su subconsciente, tres de sus pensamientos más fuertes batallaban por la primacía.
Rebeca, la Emoción de la pena, se agita con la fuerza de un huracán. "¡La han despedido!", exclama a gritos, "¡La han echado del trabajo de su vida!". Sus palabras resuenan en las paredes de ese espacio interior.
Carlos, el Pensamiento Lógico, se viste con su traje de orden y estructura. "Es una oportunidad para reinventarse", argumenta, "Necesitamos un plan. Un nuevo currículum, nuevas ofertas, nuevos contactos". Su voz es un eco tranquilo frente a la tormenta emocional.
Juan, el Instinto de la tristeza, apenas se mueve. Se encoge de hombros y solo susurra: "No hay nada que hacer. Todo es inútil". Su pesimismo es una densa neblina que lo envuelve todo.
Susana, una luz brillante en medio de la oscuridad, los observa. "Sólo uno de ustedes puede cruzar la barrera y llegar a la consciencia", les dice. "Ana necesita escuchar una voz clara".
Rebeca grita: "¡Déjame salir! ¡Necesita sentir la tristeza para sanar y llorar!".
Carlos insiste: "¡No, es mejor que razone! ¡Así podrá solucionar el problema sin caer en la desesperación!".
Juan bosteza: "Sólo necesita un café. Un café y una siesta. El mundo puede esperar".
Susana evalúa la situación. La barrera al consciente comienza a vibrar, un remolino de pensamientos se forma. De repente, un fragmento de la resignación de Juan se mezcla con el dolor de Rebeca. Un plan de Carlos se une, pero teñido de un profundo pesar. Susana los empuja. La barrera se abre.
Una voz en la mente de Ana, con un suspiro profundo, dice: "Quizás un café me ayude a pensar con claridad. Me siento tan triste por esto, pero sé que tengo que buscar una solución".
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